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El intelectual y el empresario
El intelectual y el empresario
Escrito por Aparicio Caicedo    PDF Imprimir E-mail

 

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Aparicio Caicedo: "Hay que comenzar por superar esa falsa división entre el mundo de los negocios y el de la cultura."


Desde los días del imperio español, en América Latina se ha satanizado el lucro privado. Esa es una tara heredada del conservadurismo ibérico, fermentada por un nacionalismo cursi y gorilesco, con dosis crecientes de marxismo. En el terreno intelectual, esta tendencia es clarísima: no hemos tenido un solo Locke, un Bastiat o un Mises. Por el contrario, la mayoría de nuestros más notorios pensadores han sido eso que Popper llamó “enemigos de la sociedad abierta”, guardaespaldas intelectuales del caudillismo.

Hemos construido, en consecuencia, un muro artificial entre emprendedores del mundo de la cultura y aquellos del mundo de los negocios. Y ese ha sido un error que muy caro nos ha costado. Los empresarios latinoamericanos han olvidado la importancia de las ideas, y en consecuencia han despreciado, con pocas excepciones, a la cultura. La reacción es en parte una respuesta natural a la hostilidad habitual de intelectuales hacia “lo comercial”, pero también es consecuencia de una profunda banalidad torpemente confundida con pragmatismo por parte de los empresarios. Por el contrario, si hay algo que ha hecho bien la izquierda es cultivar las ciencias sociales, contando para ello con las arcas públicas. Y muchos de nuestros humanistas más brillantes se han refugiado en centros de estudio donde se fermentan toda clase de tópicos antiliberales (qué mejor ejemplo que la leyenda negra de la “larga noche neoliberal”).

Gran parte de esa intelectualidad latinoamericana, que enfrentó en décadas pasadas los peores abusos de las dictaduras militares, se ha reciclado hoy en legitimadores –directos o indirectos– del poder estatal. Ahí donde prevalece el caudillismo ocupan altos cargos, como funcionarios o asesores, reciben generosas ayudas y subsidios para sus proyectos. Pero ya no lo hacen para servir principios, sino al mesías de turno. Para ello han pasado años refinando sus premisas y tienen muy bien articulados sus argumentos contra el emprendedor privado. Más aún, no encuentran ningún tipo de contrapeso convincente en el debate. La defensa de la sociedad abierta casi no cuenta en nuestro medio con académicos equipados para contrarrestar los embustes teóricos del socialismo.

Hay que comenzar por superar esa falsa división entre el mundo de los negocios y el de la cultura. Pertenecemos todos a una sola categoría general: la del emprendedor, la del ser humano que decide perseguir sus fines de manera legítima, procurándose los medios necesarios en la medida de sus posibilidades. No existen clases sociales sino solo clases de personas, decía José Ortega y Gasset. La diferencia está entre aquellos que deciden tomar las riendas de su vida, exigiéndose más que los demás, y aquellos para los que “vivir es en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismos”.

La defensa de la libertad, además, no puede quedarse en la mera devoción retórica y emocional. Porque así quedamos desarmados ante los malabares argumentativos de toda una legión de cheerleaders intelectuales que conocen bien su guión. Por el contrario, necesitamos nichos de pensamiento, para profundizar en cuestiones éticas, filosóficas, económicas y jurídicas que resultan muy complejas, que requieren tiempo y dedicación. Sin ideas claras no tenemos rumbo, y somos incapaces de generar ilusión. Sin ideas solo queda una sensación ilusoria de pragmatismo.


 

Tomado de Diario El Universo.